Ayer, al coger el coche para ir a trabajo, me di cuenta de que sólo funcionaba el elevalunas eléctrico de mi lado. Sentí alivio al comprobar que las tres ventanas estaban bien cerradas. Al comentar lo que me había pasado, me dijeron que tenía que llevarlo a un taller eléctrico y no mecánico, que posiblemente una de las conexiones se había mojado, o que no se qué de los fusibles... De regreso, venía pensando la manera más sutil de contarle a S. mi pequeño problema para que se ofreciera él mismo a llevarlo al taller. Le comenté lo del posible cable, lo del fusible... y lo que me dijo fue que igual tenía bloqueados los cristales. "¡Qué va, muchacho, eso sólo lo tienen los coches modernos como el tuyo, el mío no tiene de eso". Ahí se acabó la conversación (provisionalmente, claro, mi intención era seguir intentando que saliera de él la idea de llevarlo al taller, pero sabía que si lo atosigaba no lo iba a conseguir). Me entregó un regalo que una amiga nuestra había tejido (¡me encantó!), y así acabó el día, contenta porque el elevalunas se había estropeado en la posición perfecta para poder remediarme, y con el cuello calentito gracias al regalo de nuestra amiga A.

Esta mañana, tras poner el coche en marcha, probé con esperanza el elevalunas por si se había arreglado solo, pero seguía sin responder. Llegué al aparcamiento, y como aún era pronto para empezar a trabajar, se me ocurrió mirar para los botones de los cristales, y... ¡había un quinto botón! Tenía el símbolo como de unas ventanas y una equis encima...  Lo apreté sabiendo lo que pasaría a continuación...

Todavía no le he contado a S. lo ocurrido, y es que ya lo estoy oyendo: "te lo dije, Emepé, te lo diiiiiije"... ¡Odio esa expresión! ¿Acaso hace falta recordar lo que se dijo? Te lo dije, te lo dije, te lo dije... ¡Arrrrrgggg!